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Biodegradable no significa que desaparezca

«Biodegradable» no significa que desaparezca: lo que hay detrás de esta palabra

Cuando un producto lleva la palabra “biodegradable”, es fácil pensar que hemos elegido una opción respetuosa con el planeta. Que, cuando deje de ser útil, la naturaleza se encargará de él: se descompondrá, desaparecerá y el problema terminará ahí. Pero la realidad es bastante más compleja.

Que un producto sea biodegradable no significa que pueda descomponerse en cualquier lugar, en cualquier condición o en cualquier plazo. Y tampoco significa que, por sí solo, tenga un menor impacto ambiental.

De hecho, la Comisión Europea advierte de que los plásticos biobasados, biodegradables y compostables se perciben ampliamente como más respetuosos con el medio ambiente, aunque esto no siempre sea así.

Así que empecemos viendo qué significa realmente que algo sea “biodegradable”.

¿Qué significa exactamente que algo sea biodegradable?

En términos sencillos, un material biodegradable es aquel que puede ser descompuesto por microorganismos hasta convertirse en sustancias más simples. Pero hay una palabra importante que solemos pasar por alto: puede.

Porque la biodegradación no ocurre necesariamente en cualquier circunstancia. La Agencia Europea de Medio Ambiente explica que la biodegradabilidad depende de las condiciones ambientales y muchos materiales biodegradables o compostables necesitan unas condiciones específicas de temperatura, humedad, oxígeno y actividad microbiana para degradarse adecuadamente. Esas condiciones no se dan necesariamente en el medio natural ni en los sistemas domésticos de compostaje.

Por eso, decir que un producto es biodegradable no equivale a decir que, si lo dejamos en cualquier lugar, acabe desapareciendo.

Dicho de otra manera: Biodegradable no significa que “desaparece”. Significa que puede biodegradarse cuando se dan las condiciones necesarias.

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Biodegradable, compostable y biobasado: tres palabras que no significan lo mismo

Además, hay tres términos que aparecen cada vez con más frecuencia en los productos y que pueden llevar a confusión: biodegradable, compostable y biobasado. Aunque se trata de conceptos que están relacionados, no son sinónimos.

Biobasado

Indica que un producto está fabricado total o parcialmente a partir de materias primas de origen biológico, como plantas. Pero que un material sea biobasado no significa necesariamente que sea biodegradable.

Biodegradable

Indica que el material puede ser descompuesto por microorganismos, pero bajo determinadas condiciones.

Compostable

Es un tipo concreto de material biodegradable que está diseñado para descomponerse mediante un proceso de compostaje que cumple unas condiciones determinadas.

Y aquí aparece otra distinción importante: compostable industrialmente no significa necesariamente compostable en casa.

La Comisión Europea señala que muchos materiales compostables están diseñados para degradarse en instalaciones industriales, donde pueden encontrarse las condiciones necesarias de temperatura, humedad, oxígeno y actividad biológica.

Por eso, una etiqueta aparentemente sencilla puede esconder una realidad bastante más compleja.

¿Qué ocurre cuando tiramos un producto biodegradable?

Lo primero que hay que entender es que el hecho de que un material pueda biodegradarse no garantiza que vaya a hacerlo allí donde termina.

Imaginemos un producto diseñado para compostaje industrial. Para que su característica de compostabilidad se haga efectiva, tendría que producirse toda una cadena:

recogida → separación → transporte → instalación adecuada → tratamiento en las condiciones necesarias

Por tanto, si el producto no llega a esa instalación, no podemos dar por hecho que vaya a biodegradarse.

La Agencia Europea de Medio Ambiente lleva años señalando precisamente esta cuestión: los productos compostables industriales están diseñados para unas condiciones específicas que no necesariamente se encuentran en el medio natural, en un vertedero o incluso en un sistema de compostaje doméstico.

Y la OCDE ha vuelto a poner el foco en esta cuestión en publicaciones recientes, destacando la necesidad de contar con infraestructuras adecuadas, como instalaciones de compostaje industrial y digestión anaerobia, para gestionar correctamente determinados materiales biodegradables.

Por eso, el final de vida de un producto no depende únicamente del material con el que está fabricado. También depende del sistema que existe para gestionarlo.

biodegradable ciclo de vida Relevo contigo

La biodegradabilidad no cuenta toda la historia

Cuando valoramos si un producto es sostenible, puede resultar tentador fijarnos en una sola característica.

¿Es reciclable? ¿Es reutilizable? ¿Es biodegradable? ¿Está fabricado a partir de materias primas de origen vegetal?

Pero ninguna de estas palabras cuenta, por sí sola, toda la historia. Para conocer el impacto ambiental de un producto hay que mirar su ciclo de vida completo: ¿De dónde proceden sus materias primas? ¿Cuánta energía y agua se necesitan para fabricarlo? ¿Cómo se transporta? ¿Cuánto tiempo se utiliza? ¿Qué ocurre cuando deja de ser útil? ¿Puede reciclarse, reutilizarse o necesita un tratamiento específico?

La metodología utilizada para estudiar estas cuestiones es el Análisis de Ciclo de Vida (ACV), que permite evaluar los impactos ambientales asociados a las distintas etapas de la vida de un producto.

Así que, aquí tendríamos una primera conclusión: que algo sea biodegradable puede ser una característica positiva, pero no basta para determinar que sea la alternativa más sostenible.

Dependiendo del material, de cómo se produzca, de dónde se utilice y, sobre todo, de qué ocurra al final de su vida útil, el resultado ambiental puede ser muy diferente.

biodegradable etiqueta Relevo contigo

¿Significa esto que los productos biodegradables son malos?

Por supuesto que no, y es importante decirlo.

Los materiales biodegradables y compostables pueden ser una buena solución en determinadas aplicaciones, especialmente cuando su utilización responde a una necesidad concreta y existe un sistema adecuado para gestionar su final de vida.

El problema aparece cuando convertimos una característica concreta en una garantía de sostenibilidad. Porque un producto no se vuelve automáticamente sostenible por llevar una determinada palabra en su etiqueta.

La propia Comisión Europea plantea precisamente que estos materiales deben evaluarse desde una perspectiva de ciclo de vida y que deberían utilizarse cuando aporten una ventaja ambiental real para una aplicación determinada, dentro de los principios de la economía circular.

No se trata, por tanto, de decidir si lo biodegradable es “bueno” o “malo”. Se trata de entender cuándo, cómo y en qué condiciones puede ser una opción adecuada.

Más allá de las etiquetas verdes

Quizá el aprendizaje más útil sea cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente: “¿Es biodegradable?” podemos reflexionar sobre lo que significa realmente que sea biodegradable.

¿En qué condiciones se degrada? ¿Cuánto tiempo necesita? ¿Esas condiciones existen donde vivo? ¿Existe un sistema de recogida y tratamiento adecuado? ¿Qué recursos se han utilizado para fabricarlo? ¿Y qué ocurre con él cuando deja de ser útil?

Porque la sostenibilidad es el resultado de todo el recorrido de un producto.

Así que la próxima vez que veas la palabra “biodegradable”…

No pienses automáticamente: “Esto desaparece.” Mejor piensa: ¿En qué condiciones? ¿En cuánto tiempo? ¿Y qué ocurre después?

Porque entender mejor lo que hay detrás de una etiqueta también es una forma de consumir de manera más responsable.

Y, cuando hablamos de sostenibilidad, hacer las preguntas correctas es casi tan importante como buscar las respuestas.

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